WINGS AVIACION

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Le POU du CIEL ó La PULGA del Cielo

 

"Mi Pulga de Pacheco - (años 60)"
Este artículo es para que tú, lector, sepas como se vive la aviación de aficionado

Por Jean de La Farge

Corrección y adaptación: Claudio Acosta



Jean De La Farge en Pacheco

“Sigo volando, como antes en Francia: como aficionado, los aviones grandes no me interesan, no hay en ellos nada para descubrir, todo está a punto, es para mí como si subiera a un tren . . .”
Todos mis momentos libres los paso en el aeródromo, o en mi taller. Quiere usted saber donde estoy?, es muy simple, si no estoy en la fundición, estoy en el aeródromo y viceversa.
Hoy es una mañana dominguera de verano que le invito a vivir conmigo, porque soy el único aficionado volando en la Argentina.

Llego temprano con la frescura de la mañana, el sol no se decide todavía a comenzar su camino ascendente, en el pasto mojado toda una red de telarañas brillan, como minúsculos collares de perlas. Al ver la puerta del enorme hangar apenas corrida me doy cuenta que el cuidador ya se ha levantado – Entro, todo es silencioso, los grandes aviones, inmóviles parecen dormir aún y solo algunos sonidos de gorriones, prolongados por el eco del techo curvo interrumpen de vez en cuando este silencio religioso, mientras tanto los rayos del sol naciente se filtran por los huecos de las chapas mal unidas y deformadas por el viento, perdiéndose en la penumbra y otorgando al lugar un aspecto grandioso como el de las iglesias.

Me acerco a mi pequeña máquina y el primer gesto es pasar suavemente la mano sobre la hélice como el jinete acaricia la frente de su caballo. La hélice es para nosotros más que un pedazo de madera amorosamente tallada en forma de estilizada cuchara, o el resultado de cálculos matemáticos mas o menos complejos, por sobre todo es un símbolo y aunque hoy tiende a ser reemplazada por la turbina que al fin de cuentas es su derivada, quedará siempre en el corazón de los que amamos las alas, como el símbolo del más noble ideal.

Volviendo a mí, . . .
deposito mi pequeño paquete de sándwiches dentro del fuselaje, me quito la camisa y el pantalón, para quedar en malla y descalzo, feliz de vivir mi ideal, solo, con una total concentración en mi trabajo, sin que nadie venga a interrumpir o molestar.
En la víspera había desmontado el tanque de combustible que perdía un poco para arreglarlo en la fundición, luego de media hora ya está nuevamente colocado, no tengo ningún apuro ya que es un buen tiempo el que estoy viviendo, el ideal de mi vida de aficionado del aire, donde no sabría decir qué es mas agradable, si el tiempo en que se construye soñando con los hermosos paseos futuros, o habiendo realizado su ideal uno vive y disfruta su apogeo volando libremente de aquí para allá, o reviviendo los maravillosos recuerdos que me ha dejado una juventud ardiente, donde pude entregarme de lleno a mi pasión aérea.

El tanque ya está rearmado y con sus mangueras bien ajustadas, abro con bastante esfuerzo la gran puerta metálica del hangar, que se desliza perezosamente sobre las poleas con un chirrido que despierta todo el ambiente animado por los trinos de los pájaros que por unos instantes van y viene en el haz de que invade sin piedad el interior.

Los grandes aviones aparecen ahora con más nitidez, hay un viejo biplano amarillento que estira sus alas pobladas de montantes y alambres de acero entrecruzados. Varias avionetas de turismo, todos resplandecientes de luz, con sus pieles de aluminio y allá en el fondo, surge entre las sombras que aún perduran, apenas alumbrado por los rayos oblicuos que mueren bajo su fuselaje, un enorme monoplano antiguo de diez plazas. Con el carenado de motor redondo, su gran hélice metálica negra y sus alas altas que se extienden de un extremo al otro del galpón, sostenidas por unos robustos montantes, aún cubierto de polvo sigue siendo majestuoso, tan solo y olvidado en la penumbra, parece flotar como las almas de los dioses de la mitología griega.
Los nombres de los heroicos pilotos de la Aeropostal, madre de nuestra Aerolíneas Argentinas, Mermoz, St. Exupery, Almonacid, Vecher y otros, porque era en este mismo recinto donde se guardaban en 1925, los sufridos y confiables Laté 28, que volaban a Comodoro y al Chaco, con su servicio de corrreo y a veces algún valinte pasajero que urgente debía llegar a destino.
Una emoción intensa me invade por algunos momentos y luego como las nieblas de montaña que el sol veraniego disipa rápidamente, recuerdo que hoy vine a volar.


Primera pulga construida por Jean De La Farge en Argentina,
con agrado de empenaje y motor casero

Agarro a mi pollito por la cola y lo corro afuera, sobre el pasto bañado de luz, abro las alas, siento como la humedad se escapa del rocío, a lo lejos los últimos vapores de la noche, pálidos se niegan a levantarse.
Comienzan a formarse unas gruesa nubes, vaporosas, arrastrándose sobre el campo, los pájaros van y vienen buscando su comida, mientras que las vacas de Don Pascual, que se han adueñado de estos lugares, están todas con el cuello tendido hacia el suelo, comen y con qué delicia el pasto graso y fresco de la mañana, tan ocupadas están, tengo la impresión que el tiempo les es limitado, y que antes que llegue el calor necesitan aprovechar la frescura del amanecer.

De repente toda esta atmósfera de campiña tranquila y silenciosa es quebrada por el ruido de mi dos cilindros que arranca a la primera, aunque nadie parece prestar atención, mientras el chorro de aire fresco me ventila la frente, me instalo en el fuselaje, me ato el cinto, los pies sobre los frenos, reduzco el cebador y doy un poco de aceleración, el ruido se regulariza y la máquina empieza a tirar sobre sus ruedas, atrás el pasto se ondula soplado por los 30 caballos de mi pequeño motor.
La emoción me gana un poco, aumento la potencia y como de costumbre, la aguja del cuenta revoluciones, solitario sobre el panel de treciado, se estabiliza al llegar a 2300 vueltas.
Todo parece normal, retiro mis pies de los frenos, saco la cabeza afuera porque el brillo del sol molesta en el parabrisas, con unas cortas aceleraciones comienzo a avanzar lentamente y tratando de evitar los pozos dejado por las patas de las vacas en el terreno blando y también los cardos altos que destrozan las puntas de pala.

Al llegar a lo que se ha indicado como la pista, un pie sobre un solo freno, doy una aceleración y me encuentro frente al viento, por las dudas observo el cielo y todo está despejado, acelero afondo y mantengo firme el bastón mientras la pequeña aeronave va ganando velocidad, aún trato de descubrir algún ruido anormal, algunos sacudones el tren se estira y por fin las ruedas dejan el suelo, llego al final de la pista, hago un giro y vuelvo a pasar victorioso a 50 metros sobre el terreno.
Continuo yendo y viniendo, me elevo a 100 metros y el paisaje ya tranquilizado desfila bajo mis ruedas, llego a la altura de los pilares de Radio Pacheco, no me acerco, hay que ser prudente, alrededor hay toda una red de cables que podrían atraparme. Con el motor un poco reducido sigo evolucionando sobre el campo del aeródromo, a veces me parece que el ruido cambia, pero son mis oídos que se adaptan a la presión ambiente.


Despegando feliz . . .

A lo lejos el humo de una locomotora me anuncia que un tren se acerca, pero aún esta demasiado lejos para verlo, los reflejos de algunos brazos del río me revelan la posición del Delta, y en esta paz matutina, pienso en todos los que como yo y animados por el mismo deseo, elevan sus miradas hacia el cielo y sueñan con tener su propia máquina.

La aviación de aficionado, donde uno vive la felicidad de volar con las alas que construyo con sus propias manos es tan diferente de la otra, que hasta los mayores parecen niños entusiasmados con sus juguetes alados, las mujeres llevan su mano a la boca con algo de temor y los chicos abren enormes sus ojos porque no pueden creer que este avión diminuto se puede fabricar en casa.

Siempre hay numerosas preguntas:
- Puedo construir uno señor?
- Por supuesto, pibe! – lo siento adentro, una mano sobre el acelerador y al otra en el bastón – así se maneja este avión . . .
- Puedo ir a su casa para que me enseñe?.
- Si claro, es tan fácil de hacer que a la noche se monta sobre la mesa de la cocina.

En cada aterrizaje hay un grupo de curiosos que me recibe y las bocas comentan:
- Y se lo ha hecho el mismo!!!
- Le costo el valor de tres bicicletas!!!
- Es una revelación!!!
- Entonces cualquiera puede volar?
- Y aprendió a manejar solo!!!
- El motor es como uno de moto!!!
- Los materiales son baratos!!!

Y así es como todas las creencias aeronáuticas inculcadas durante 60 años se derrumban.

Pero de echo. Acaso no he vuelto a hacer lo mismo que Santos Dumont, Bleriot y tantos otros?

- Y usted en que se apoya? - me preguntó un día una bella señorita.
- Me apoyo en mi valor y en mis conocimientos, contesté y en mi motor al que hay que conocer mejor que a una mula!!!.
Cómo estarían felices los héroes de la Aeropostal al ver que el espíritu que los animaba sigue viviendo sin alteraciones.
- Lo envidio – me dice un señor que llevaba sombrero y bastón – se nota que usted se divierte.
- Sí, me divierto y mucho, paso los domingos haciendo de gorrión, subo, bajo y voy donde quiero,… ¡que sensación de independencia! ,liberado de las obligaciones de la vida diaria, siento que el cielo me pertenece ya que lo domino.

Un hombre me pide que haga unas pasadas a baja altura para tomar unas fotos, pero cada vez que me presento lo veo indeciso, doblado en dos y en cuatro patas recuperando su sombrero, paso un poco más lejos y ahora sí lo veo tranquilizado tomando sus fotografías y luego me agita su pañuelo, saludando para agradecerme.


Jean De La Farge hace una pasadita para la foto

Como me gustaría ver acá a la juventud, que en los oscuros cafés de Buenos Aires, extraviados por la inacción y asfixiados por el humo de los cigarrillos, dejan allí los mejores días de su vida!!!.

Cuando el sol de la tarde se empieza despedir hago el último vuelo, disfrutando de ese momento único del atardecer con un cielo poblado de nubes alargadas, que forman una especie de cebra anaranjada, luego en enfrento la pista, reduzco el motor y dejo que la máquina se hunda hacia la oscuridad, las ruedas se posan suavemente y me dirijo lentamente hacia la gigantesca y oscura boca del hangar donde un pequeño grupo todavía permanece conversando, me detengo frente a ellos y corto el contacto, estoy un poco aturdido por el motor, pero extasiado de felicidad.


 

Jean De La Farge


 



 


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