WINGS AVIACION

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Le POU du CIEL ó La PULGA del Cielo

 

"Vuelta de París en Auvergne - (1946)"
Un vuelo de 450 Kilómetros, atravesando la campiña francesa
Por Jean de La Farge
Corrección y adaptación: Claudio Acosta

 


Juancito a los 20 años con su primera Pulga

Durante el invierno en Auvergne los días son cortos, al atardecer una bruma grisácea desciende e invade estas regiones montañosas, diluyendo y cubriendo el paisaje de humedad y languidez.

En esta época y estando en París, después de haber despachado por tren mi compra de terciada, cola y tela para mi próxima máquina, almuerzo rápido y tomo el tren local que en 20 minutos me dejará en Sartrouville, donde el aeroclub del pueblo tiene su pequeño aeródromo a orillas del río Sena, al frente y en la otra orilla está el frondoso bosque de Mans.
Al llegar y sin perder tiempo saco mi Pulga del galpón, abro las alas y pongo el motor en marcha, pensando que a manera de adiós haré un viraje sobre el bar del club.

Sin ir hasta la cabecera de pista y tomándola atravesada, corro 25 metros y ya estoy deslizándome a ras del suelo, hacia el bar, al acercarme hago una media vuelta y comienzo a tomar altura para pasar la zona del bosque.

Al nivel de la meseta y siguiendo el río veo al guardián del club, que sale del bar y levanta los brazos saludándome.
El motor Poinsard tiene sus caprichos y hay que estar siempre atento, por eso recién cuando alcanzo los 200 metros de altura, decido empezar a cruzar el bosque.
Abajo la ruta (donde se corren las 24 horas de Le Mans) dibuja impecablemente sus curvas bajo mis ruedas, con el motor a 2200 vueltas pongo rumbo hacia Frilense, campo de paracaidistas bajo el mando del General Eón, quien fuera mi jefe durante la guerra y donde oportunamente la nafta es gratis para los aficionados.
Después de pasar la autopista que queda detrás de mí en diagonal, aparece la enorme pista de Frilense, está vacía y aterrizo cerca de dos hangares.
Algunos soldados se arriman curiosos de este pequeño avión, mientras el oficial de guardia hace llenar mi tanque con 30 litros de nafta, la Pulga de Ducherne está todavía acá? . . . por que no se la llevó? . . ., pero no me atraso, saludo y mientras me abrocho el cinturón sosteniendo la palanca con las rodillas, una vez más despego cruzando la pista hacia el Sur, hasta encontrar la vía férrea de París – Orleáns – Vierson – Aygurande – y de allí tomar el valle del Dordogne, son 450 Km en total.

Siguiendo la línea del ferrocarril hasta Orleáns, en estos monótonos 100 km iniciales, desfilan los campos arados y los trenes. A 1000 metros de altura, el horizonte claro se pierde en la bruma, todo va bien llegaré antes de la noche.
Ya el sol se inclina dorando el horizonte cuando aparece el río Loire y luego Orleáns, desvío un poco para pasar sobre el aeroclub, me hubiera gustado bajar, pero debo aprovechar todo lo que pueda la luz, que poco a poco va atenuándose, me conformo con pasar muy bajo y dar unas aceleraciones, la pista está vacía y no veo a nadie, viro y retomo la vía férrea que me llevará a Montlucon.

El horizonte sobre la zona de Sologne se torna más difuso y bajo a 500 metros para no perder las vías, hasta Montlucon el tiempo se mantiene así.
El nivel de nafta ha bajado, ya llevo casi 300 km recorridos cuando aparece a la derecha el campo de aviación, aterrizo y carreteo hasta el surtidor, el encargado había salido y no tardaría en volver.

Comienza la charla con la gente del club, estas conversaciones aun me apasionan, hasta perder el sentido de la hora. Unos me aconsejan no seguir, otros inspeccionan la máquina que con sus 5.5 metros de envergadura los intriga. . . ¡ Qué juguete exclama un tercero!.
En esto llega Bossiez que había transformado el motor del Citroen 11 CV en motor de avión el cual luego instaló sobre el Druine biplaza y la conversación se anima.
A su entender mi motor era poco seguro a causa de las roturas de block debido a la fatiga (después de 30 años de fundición, al recordar los percances, me di cuenta que se debía todo a que estaba mal fundido, con metal sucio y no escorificado, esto se nota por la cantidad de poros, además la aleación era mala, se veía en el grano grueso y el color de la rotura)
Pero yo estaba más que satisfecho, ya que este 4 tiempos de 1500 cm³, daba 35 CV, con un peso de 32 Kg, tirando una hélice de 1.6 metros de diámetro, arrancaba a la primera intención y además era mi primer motor, lo había desarmado muchas veces y también lo había modificado bastante, que casi podía decir que era de mi concepción.

Al fin aparece el encargado, la discusión cesa, lleno el tanque y ya con las manos sobre la hélice para poner en marcha, me doy vuelta y digo a Bossiezz a modo de conclusión . . .
- “ los motores son como las mujeres todas tienen sus virtudes y defectos, hay que disfrutar de los primeros y acostumbrarse a los los segundos” . . .! . . . y ya he despegado nuevamente.

La capa de nubes estaba mas baja aún y en el horizonte una franja oscura, amenazaba con cerrar el paso, debía cruzar la meseta a 1100 metros de altura a los pies del monte de Dume, al Oeste de Clermont, el viento barría algo de nieve polvorienta y diseminados por el terreno han quedado numerosos parches blancos que el que pálido sol invernal no alcanzó a derretir.
En ese instante aparecen los primeros copos que quedan adheridos a los herrajes y luego pasan como veloces sombras sobre el parabrisas, espero que no se congele el carburador porque su sistema de calefacción era más teórico que practico, consistía en una manguera que traía aire caliente del cilindro y alimentaba el carburador, mientras que el otro cilindro con un dispositivo similar daba un poco de calor en la cabina, pero los que han volado en tiempo frío saben que cuando nieva no hay humedad, lo que me tranquiliza un poco.

La luz se apaga, el suelo sube y el horizonte se esfuma, ya todo es blanco, parece que la nevada cesa y así volando en ese crepúsculo invernal, la Pulga y yo nos hundimos en la oscuridad de la noche.
Debido a la escasa visibilidad vuelo a 50 metros y paso sobre la estación del ferrocarril de Aygurande, para tomar el profundo valle del Dordogne y seguir hasta Bort; por un instante dudo, seguir o parar; . . . si paro deberé esperar la mañana en la pradera, envuelto en la manta de marta zibelina que guardo debajo del asiento, pero aún así el frío de la noche será muy riguroso, en ese momento la luna llena atraviesa la gruesa capa de nubes y la claridad que se refleja sobre la blancura del suelo ilumina la campiña, decido continuar. . .


Típico valle de Auvergne

Para seguir el valle más cómodamente vuelo sobre la ladera derecha, ya que las siluetas de los pinos contrastan notablemente con la claridad de la meseta.
Ahora la nieve vuelve a caer, es tan espesa que para no perder el camino bajo a 20 metros sobre el suelo, a cada instante controlo los dos escapes libres, observando el color de la llama, me tranquiliza el característico tono azulado de la correcta carburación, si hubiera pasado al rojo sería un claro indicador de la falta de aire por el congelamiento del carburador, las paredes de la boca se van engrosando y se activa la aspiración sobre los gicleurs, enriqueciendo la mezcla hasta la detención del motor.
La aguja luminosa del taquímetro, no se mueve de las 2200 vueltas, sin la calefacción de la cabina me habría helado, a pesar de todo mi buen pequeño motor marcha alegre y frío.

Por momentos parece que la nieve va a parar y de repente se hace más densa que nunca, envolviéndome de oscuridad y misterio.
Un filete de aire helado me lame la nuca, es la cabina que no ajusta bien en la parte trasera, colocaré un burlete en cuanto pueda, me levanto la solapa del saco, controlo que la nieve no se adhiera al borde de ataque, porque eso sería el fin de mi vuelo.

Al cabo de un rato el valle comienza a encajonarse cada vez más, y ya no tengo en donde aterrizar porque la meseta ha desaparecido, después de 10 minutos estoy sobre el lago artificial de la represa hidroeléctrica de Bort, paso sobre el dique y aparece la ciudad, tímidamente iluminada por las luces de las calles, me aparto de sus casas y me interno de nuevo en el valle ahora serpenteado por un arroyo plateado que corre entre las colinas de la meseta de Mausiac.
Hubiera podido aterrizar en Bort, en el estadio, pero me falta tan poco para llegar que sigo adelante sin vacilar.

La bóveda de nubes se cierra y nuevamente nieva en forma intensa, Bort está lejos atrás, la luna ya está alta, de pronto aparece la ruta que se diferencia claramente del resto de la campiña por sus dos cercos oscuros.
Controlo mis llamaradas azules, el borde de ataque y la aguja del cuenta vueltas, todo está bien, paso sobre los primeros techos de Mausiac.
La ciudad parece dormir plácidamente en el silencio de la noche, atravieso la ruta que tantas veces hice volviendo del colegio, una sensación de alivio reemplaza a la angustia.

La casa paterna está a pocos minutos, seguro atravieso la estancia a ras del suelo, porque conozco cada piedra, cada árbol, cada cerco.
Súbitamente, la mole majestuosa se recorta adormecida sobre el borde del valle, con sus torres cuadradas y sus techos que se diferencian poco de la blancura que los rodean.


Vista aérea de la casa tomada por el propio Jean, que aterrizaba en la parte trasera


El gran pino inmóvil marca el fin del viaje, la nevada ha cesado, reduzco el motor y dejo hundir la máquina, aterrizaré detrás de la casa, una faja blanca me rodea un instante, de pronto la oscuridad lo invade todo y las ruedas tocan la nieve, el avión tiende a irse de nariz, pero lo retengo y en 10 metros estoy detenido.
Corto el contacto y me quedo allí vaciado por la tensión nerviosa que se desvanece, me desato el cinto y me bajo, el silencio me rodea, todo duerme, doblo las alas y dejo la máquina, mañana la guardaré.


La casa paterna en Francia, que aún existe

Voy hacia la casa, la nieve absorbe el sonido de mis pasos, en Auvergne se duerme en paz y las puertas están sin cerrojo, me reconforto los brazos en la inmensa chimenea de piedra, que inunda el comedor de luminosidad roja y tibia, acerco un leño que comienza a arder.
El gato se estira bostezando en el sillón, mientras mi sombra en el techo, oscila, se agranda, desaparece y resucita al capricho de las llamas.
El reloj de pie marca su hora, cadenciando los segundos al ritmo de su péndulo y mientras termino un bocado de queso y pan voy subiendo la escalera, observando los retratos de familia durmiendo en las paredes.
Llego al pasillo que separa las dos hileras de dormitorios, siento la voz de mi padre:
- Sos vos Juan?
- Sí padre
- De donde vienes a estas horas?
- De París
- Estas loco, con este tiempo!
- Buenas noches padre.

Entro a mi habitación, abro la ventana, porque para dormir necesito sentir la frescura sobre la nariz.
De un salto me encuentro bajo las frazadas y durante un largo tiempo, sigo oyendo el escape de mi buen Poinsard retumbando en mis oídos.
Me duermo tranquilo.

Jean De La Farge


 



 


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